martes, 1 de marzo de 2022

LO IMPORTANTE

 

Lo importante. Fotografía del autor

Con el alma encogida evoco hoy la soledad postrera -absurda calamidad- de quienes nos han ido dejando en todo este tiempo: abuelos, tíos, padres, hermanos, amigos... No se me ocurría mejor manera de superar este sentimiento de impotencia que se me agarra a la voz cuando intento hablar de cosas importantes.

Es hora de hacer balance. He querido hablar, sí, de algo trascendente en este tiempo crudo que nos vive. Pero es largo y torpe el camino del aprendiz. Hablar de lo extraordinario que nos rodea puede abrir la mirada a todo aquello valioso de lo que no somos conscientes y, por ello, no permitimos que forme parte de esa “contabilidad positiva” de nuestro día a día. Y eso está bien, francamente. Parecía un objetivo loable. Pero había un riesgo encubierto: convertir el resto, lo ordinario, en un ingente depósito vaciado de toda trascendencia.

Por eso hoy vengo a saldar una deuda de gratitud con todo el universo de lo ordinario, porque sustenta, sin ir más lejos, el pálpito de una serenidad inmanente, imprescindible para mantener, por ejemplo, el suspense que precede a la sorpresa de lo extraordinario.

Porque es menester saber que todo cuenta: lo ordinario y lo extraordinario. Porque es menester buscar también la trascendencia en lo ordinario. Abatir la languidez, perforar el yacimiento de una vez por todas, tomarlo en pequeños sorbos.

Es simple. Sabed que está ahí. Lo ordinario está justamente ahí.

Tal vez solamente sería necesario saber que hay tantos modos de sonreír como paisajes se esconden en un rostro.

Porque todas y cada una de nuestras miradas comenzaron a aprender a vivir hechizadas por sonrisas y paisajes que olían a manantiales de leche, en los que el sol besaba con labios cálidos, y escuchábamos canciones hasta abrazar fuertemente un nuevo sueño. Así nació nuestra propia sonrisa, nuestro propio paisaje.

Saber que hay tantos modos de caminar como polvo de tormentas nubla el horizonte.

Porque solo es posible crecer hacia lo desconocido, y nada ni nadie nos marcará la senda correcta. Aunque bien es cierto que es costumbre, para quien no reniega de su condición humilde, ir de la mano de aquellas y aquellos que alientan firmemente su curiosidad. Tan cierto como que, al llegar a un determinado punto de la vida, será nuestra mano la que habrá de ofrecerse sin reservas.

Saber que el verdadero signo del rebelde ha de ser, por encima de todo, merecer ser amado.

Pero hemos hallado y hemos consentido tanto dolor que se nos antoja imposible cruzar al otro lado de nuestro propio ego para mirarnos por fin de frente, con la misma determinación de un compasivo viejo maestro. Esa que veis, ese que os devuelve la mirada, mostrando sus heridas y sus gratificaciones, temerosos del paso del tiempo, orgullosos tal vez de haber creado paisajes frescos y excitantes en la sonrisa de otros, necesita muy poca cosa para no rendirse a la ausencia de sí.

Necesita saber que ha sido un puerto seguro para alguien, que a pesar de sus torpezas -si no más por sus aciertos- mereció francamente la pena, que la noche traerá el calor de una rebelión de ardientes convicciones, que todavía quedan horizontes por evocar detrás de la tormenta, que alguien va a pedirle caminar de su mano.

De alguna manera yo mismo aún he de completar esa condición de insumisión. Por eso quise creer aquellas palabras de Pablo Guerrero: “tú y yo, muchacho, estamos hechos de nubes”. Aunque nunca quise aprender a volar solo, ni observar desde arriba cómo los demás colocaban los aparejos y se montaban en la vida.

Puede que no haya aprendido lo suficiente como para tender firme la mano a alguien. Es largo y torpe el camino del aprendiz. Puede que no haya sido un puerto fieramente seguro para quien lo ha buscado. Puede que haya cometido más torpezas que aciertos. Puede que no haya custodiado todas las puertas frente al frío de la noche. Puede que no tenga esa voz rotunda para evocar nuevos horizontes.

Pero sé que ha merecido la pena. Ya lo creo que sí. Y sé que mis convicciones son más ardientes cuanto más me acerco a lo que importa.

Yo, en fin, anhelo cobijo ya en otra parte, en las palabras que no he dicho, que tal vez deposité en lugar seguro, que he guardado para adorar el instante más íntimo, la fortuna de buscarte, amiga mía, de buscarme en ti. En este andén en que tus pasos retroceden el regreso, donde el aroma de una tibia impermanencia. Hasta arrancar a este maldito tiempo herido una lúbrica conquista, una sensual oración crepuscular, al calor de una rebelión de ardientes convicciones tras toda esta tormenta.

En Instinción, a uno de marzo del año dos.


lunes, 21 de febrero de 2022

FEBRERO, AÑO DOS

 

Anne Teresa De Keersmaeker

Es evidente. Hace tiempo que no llueve como debería, y cuando llueva lo hará mal. Dicen los viejos del lugar que esto será la ruina del campo, mientras buscan el sol de la mañana y se recolocan la mascarilla, que apenas les tapa la nariz. Que el campo no es lo que era lo saben bien, o que la mascarilla ya no es obligatoria en exteriores, y aun así la llevan. Hace tiempo que nada es como debería.

Si nuestro cerebro se desarrollara como un árbol, habría grabado en su perímetro la marca indeleble de dos anillos escuálidos, de dos años de parálisis. La mascarilla no es obligatoria en exteriores, pero muchos niños salen al recreo con ella. La marca de esos dos anillos es tan notoria en ellos que no recuerdan otra realidad. Es premonitorio.

¿Es posible que no hayamos hecho nada de provecho en todo este tiempo? ¿Cómo puede ser que el balance sea exclusivamente de pérdidas?

¿Es que nadie aprovechó la intimidad de los confinamientos para amar con más ahínco? ¿Acaso no fue posible conocerse algo mejor para reconducir nuestras expectativas, para ajustar la vida a una dimensión más razonable? ¿No aprendimos a acariciarnos con la mirada cuando no era posible hacerlo con las manos? ¿Ha merecido la pena escribir más de treinta mil palabras en esta bitácora y difundirlas a los cuatro vientos para confortar a algunos amigos? Confieso que no lo sé, que estoy agotado.

Decía Víctor Frankl que no importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo de nosotros. Pero ¿cómo vamos a escuchar lo que dice la vida si todo es ruido alrededor? Ruido de sables en Oriente, ruido de frío sin saldo en la cuenta corriente, ruido de mentiras hípervigorizadas por millones de bots, ruido de apocalipsis climática, ruido de muertos silenciados, ruido de basuraleza en cuarto creciente, ruido de emergencia psiquiátrica...

Hemos vivido algo así como una batalla. Las batallas son estados de excepción, de abolición de derechos y costumbres. Tras su paso, la desolación gobierna todos los rincones. Y los supervivientes contemplan un paisaje devastado que ya no es el que conocieron. Hay que reconstruir todo lo que abarca la vista y la razón. Lo que abarca la vista se reconstruye con celeridad. Los consensos abrazan sin vacilaciones la construcción del nuevo edificio. Lo que abarca la razón queda sumido en el desencuentro durante décadas. Porque nadie habrá escuchado con claridad qué espera la vida de nosotros.

No es un panorama alentador, lo sé. Pero tampoco esta batalla ha sido la más cruenta que se haya vivido. Al menos, hemos tenido la suerte de conocer uno de los ejércitos de paz mejor preparados de la historia. Eso sí, con batas blancas.

Recapitulando… Tal vez sea el momento de atenuar los ruidos, de sintonizar alguna melodía desconocida que evoca aromas excitantes, observar a una muchacha, un muchacho que baila sobre las ruinas de la razón sin miedo. Con los ojos cerrados y el espíritu abierto. Hasta que llueva. Porque tiene que llover.


viernes, 11 de febrero de 2022

CREDO

 

Fotografía del autor

Yo también necesito mirarme por dentro. Dibujar con claridad los nuevos perfiles que delimitan mis fronteras. Restablecer las sinapsis que entretejían nuestras raíces: las vuestras con las mías. Armonizar la fe que me sustenta con la razón que me cuestiona. Y necesito formular mis creencias, sin pudor, para que pueda reconocerme en todo aquello que soy y que no soy, en todo lo que desearía ser. Creencias que nacen, conmueven, mutan, arraigan y dictan la suerte de nuestra identidad, como un mapa tan inexacto como útil.

No importa cómo me sienta, si estoy satisfecho o soy feliz, si me consume la desdicha o la fatiga. Creo en lo que creo y es mi camino...

Creo que la inteligencia besa cada mañana mis labios, delicadamente; para retornarme a la vida me desnuda de mi sueño. Me concede un nuevo yo que puedo ir descubriendo, si es mi deseo, durante un día. Y, creedme, es mi deseo hacerlo.

Creo que eso es la suerte.

Creo que ese yo que estreno cada mañana es una sofisticada creación digna de estima, de cuidados, de respeto, de admiración; digna de poner a prueba, de ser devuelta cada noche sin reservas, agotada, como en la infancia.

Creo que eso es la vida.

Creo en la cualidad de cada arrendatario y en la urgencia de crear vínculos que me permitan descubrir si el sabor del beso que nos despierta cada mañana es diferente, y degustarlo. Creo que al compartirlo reconocemos ser hijos de una misma madre. Que no venimos por tanto de la nada, ni a ella vamos.

Creo que eso es el amor.

Creo que los sueños son el don que nos obsequia el yo que abandonamos cada mañana. Durante el día se esconden torpemente en el almario. Como un hermano nos acompañan; como un hermano nos interpelan.

Creo que eso es la conciencia.

Creo en un único código universal llamado vida. Es un lenguaje que no quiero silenciar, que no temo, que no atesoro. Es un lenguaje imperfecto que se obstina cada día, tercamente en mejorar.

Creo que eso es la verdad

Creo en la estética del compromiso, en la ética de la cura, en la ascética de la unidad, como motores de una revolución paciente y divertida, una revolución poética.

Creo que eso es la paz.

Creo que puedo equivocarme y me concedo este derecho siempre que siga vivo el deseo de honrar a todas mis creencias con el tesoro de la duda.

Creo que eso es la tolerancia.

Nada me obliga a creer o descreer, es cierto. Como también puedo admitir que aquí no hay dioses ni se niegan. Y, aunque el mapa no es el camino, en él descanso el peso de mis días más ingrávidos. ¿Quién puede negar que en ello hay escondido algún tesoro? Y decidme, ¿cómo podría renunciar a seguir buscándolo?

Abrid el mapa, sin pudor. Haced crecer y crecer -para creer- lo sustancial, que es el tesoro.


martes, 1 de febrero de 2022

AUTORRETRATO


Fotografía del autor

Ha llegado el momento de hablar de los sanadores. Y declarar con rotundidad que hemos sufrido el vértigo de los infortunados, pero no hemos visto con la misma claridad las lágrimas de quienes sostenían, exhaustos, el delgado y quebradizo hilo de la vida.

Si conocéis a alguna o alguno de ellos comprenderéis de qué hablo. Porque habréis visto que su convicción se resquebrajaba, incluso se desmoronaba sin que nada ni nadie atendiera las súplicas. Eran un batallón atrapado en un asedio, abandonado a su suerte por un ejército de cobardes y de traidores.

Pero no luchaban contra una enfermedad, no os equivoquéis. Luchaban contra la soledad de los pacientes, contra el envilecimiento de los administradores de miseria, contra el desconsuelo de verse impotentes, contra el miedo a llevar la muerte a sus propias casas, contra los pudrideros de confusión, contra la deshumanización, contra las ganas de desertar de la contienda, sintiéndose además culpables.

Y una mañana tras otra veían en el espejo la sombra cada vez más desdibujada de un sueño. Solo el rastro sutil de alguien que fue, que quiso ser, que no supo muy bien quién era o quién iba a ser. Sin saber que el peligro más letal al que se estaban enfrentando era la demolición de su propio yo.

Todavía no ha llegado el día de dar por finalizada la emergencia. Pero las consecuencias de la resistencia han sido ya devastadoras en muchos casos. Es hora, por ello, de decirles algo. Alto y claro.

Quizá sea el momento de volver a empezar, de renacer. Quizás debáis recordar que fuisteis niños no hace tanto, y que entonces con voluntad firme comenzabais a dibujar el perfil de vuestro retrato en cada juego inocente, en cada pregunta. Y porque fuisteis niños merecisteis el don de sentir el calor de un hogar, de ser besados y abrazados con ternura, de crecer al fuego de unas formidables expectativas. ¿Por qué no iba a ser así? Era el camino.

Por eso, sentidlo de nuevo, si buscáis el rostro del mañana. Buscad el inconfundible aroma de un hogar al que regresar en cualquier momento de flaqueza, complaceos con el tibio placer de los besos y los abrazos al despertar entre sábanas, creed en la inmoderadas expectativas de quienes aman escrutar el infinito en vuestra mirada.

Para dibujar delicadamente el retrato de ese alguien que os estaba buscando desde lo más íntimo, hace mucho tiempo.

Solamente desde un juego de seducción de semejanzas entrañables, un juego que esconde bajo los pliegues del tiempo la verdadera belleza, podrá aflorar la hermosa y honesta grandeza de un formidable autorretrato, aunque su rostro no os sea todavía familiar.

Es el precio de haber vivido, de ser testigo de sí mismo.


viernes, 21 de enero de 2022

VACÍO


Fotografía: Miguel Ángel González Carrillo

A pesar de los pesares, aunque la piel se nos ha ido endureciendo con los años, los embates de la vida y el sol justiciero, uno sigue sin estar preparado para las pérdidas, sobre todo las de aquellas personas que han derrochado generosidad e inteligencia. No estamos sobrados de nada, y menos de talento social.

Y lo peor es esta sensación de no estar a su altura, de que no vamos a ser capaces de llenar ese vacío, porque quien se ha ido es insustituible. Sí, hemos muerto muchas veces; cada vez que desaparece aquello que amábamos, aquella o aquel a quien admirábamos.

Pero siempre hay un día después, abierto, complejo, dinámico, sublime, para reconstruir los afectos y la inspiración. Decía Lao-tsé que la utilidad de una ventana no se encuentra tanto en el marco como en el espacio vacío que permite que la luz penetre en el interior. Con María, alma alpujarreña inmortal, hemos perdido un precioso marco, pero nos queda su luz.


martes, 11 de enero de 2022

ESTACIONES


Fotografía del autor

Siempre he creído que la verdadera dimensión humana de la vida reside en la sensibilidad más que en el razonamiento. Bien es cierto que una de las más recurrentes supersticiones de las personas es trufar sus experiencias de un sinfín de preguntas como si cada una de ellas fuera un peldaño de una larga escalera hacia el conocimiento. El problema es que esas largas y fatigosas escaleras conducen con frecuencia hacia ninguna parte, porque las preguntas no son las oportunas.

Cuando la disciplina de nuestra vida la marcan las hipotecas, los horarios inflexibles, los intereses ajenos y la cohabitación competitiva, nuestras preguntas adolecen de un patológico cortoplacismo que deriva en una especie de trastorno obsesivo compulsivo y, en definitiva, en pesimismo crónico. Vivimos con la permanente sensación de que hemos olvidado algo, de que queda poco tiempo para esto o aquello, de que un aluvión de sucesos trascendentales en todo el mundo determinan implacablemente el devenir de nuestra existencia, de que no somos, en realidad, quienes deseábamos ser.

En ese escenario el tiempo se mide en tramos cortos y se consume con ansiedad. Son momentos en que la narrativa periodística ha determinado que vivimos en la era de la pandemia y las etapas se suceden atropelladamente con la aparición de cada variante del virus. O bien vivimos en la era del cambio climático y las etapas se suceden atropelladamente con cada perturbación atmosférica de consecuencias catastróficas. O tal vez vivimos en la era de la informática y las etapas se suceden atropelladamente con cada modificación tecnológica que perturba catastróficamente la frágil homeostasis de nuestras rutinas.

Pero el tiempo no se medía así antes. Éramos quienes éramos al mirarnos en el espejo cuando contemplábamos nuestra vida desde la perspectiva de una serie de cambios naturales, más o menos traumáticos o felices, que nos pertenecían íntimamente. Había un antes y un después desde lo que fue ser hijos de nuestros padres a ser padres de nuestros hijos, desde lo que fue aprender cada día una lección en el aula a desenvolverse profesionalmente en sociedad, desde la presencia de nuestros seres queridos a la ausencia de algunos de ellos… Y tal vez el año 2019 no fue la era prepandemia, sino el año de tu viaje a Lisboa, del nacimiento de tu nieta o el estreno de un nuevo hogar. Antes de eso no conocías Portugal, no sabías lo que era ser abuela o vivías en un piso compartido. Y ahora las etapas se suceden pausadamente mientras programas un nuevo viaje, acompañas a la pequeña al parque o planeas la nueva decoración de tu salón.

Será por eso que de vez en cuando puedes permitirte el lujo de preguntarte cómo te sientes después de tus estiramientos, cuándo van a madurar las naranjas, cuánto se ha alargado el día hoy o quién te espera esta mañana.

No hay duda: hay un antes y un después desde el último beso, desde la última mirada cómplice, desde la última caricia. Esas son las estaciones de nuestro viaje. Y más allá de un inquisitivo “ser o no ser” como medida conveniente de las cosas, preferiría, si me lo permitís, comenzar el día con un “tomar o no tomar el sol”. That is the question...


sábado, 1 de enero de 2022

ÉRASE UNA VEZ

 

Fotografía del autor

Hoy me gustaría ver el nuevo amanecer desde la perspectiva taoísta de un Bloque Intacto, de una colosal roca dispuesta a ser moldeada. Para ello, la línea que separa el ayer del hoy deberá ser nítida; no una convención o un número, sino el ciclo natural que queda claramente definido por la sucesión del día y de la noche, del ruido y del silencio.

Aunque para moldear desde la serenidad, para sortear discretamente la ansiedad de la “hoja en blanco” es mejor acometer la tarea con el ardiente espíritu desposeído de expectativas de un niño. Con las manos en la masa, disfrutando del impulso creativo y sin pensar en el resultado la experiencia se concentra en el hecho de moldear y nada más, de notar una materia dúctil como promesa de algo, es decir como un “no ser” que ampara todo un universo abierto de posibilidades.

Pero lo cierto es que ya no somos niños y nuestras manos son guiadas por el aliento de todo un vendaval de recuerdos que dan forma al Bloque sin ser muy conscientes de ello. Lo que nos coloca exactamente en este punto incómodo e infecundo, atrapados entre lo que fuimos y lo que hemos de ser.

Bienaventurados, pues, los extraviados en la inmensidad del presente, sin el menor temor a fiar la suerte del momento a algún tipo de ritual que les devuelva el niño que escondemos dentro, detrás de capas y capas de ser, de haber sido. Bienaventurados los buscadores de recuerdos imprecisos, desde la precisión de un artefacto que les conecte definitivamente al intérprete inmaduro y sutil, a la memoria del primer descubrimiento. Bienaventurados los poseedores del mapa de todos los más íntimos despertares, pues con cada uno de ellos hallarán un marcador precioso, como una aguja clavada en el corazón de ese instante previo al suceso, que han de recobrar con la melodía exacta. Siempre esa melodía evocadora. Porque no hay mayor tesoro.

Y de este modo, encarar de nuevo el amanecer invocando la solemnidad de un relato fascinante y revelador, con un “érase una vez”, para rescatar ese yo que fuimos justo antes de ser yo.



martes, 21 de diciembre de 2021

RENACER

 

Fotografía del autor

Puede suceder cualquier mañana. No, la luz todavía no será una promesa rotunda, si bien unas y otros irán dibujando ya sobre las sábanas perfiles imprecisos para nacer de nuevo el mundo.

Un mundo conocido, eso sí. Porque ya es sabido que para despertar el mundo es necesario recuperar la copia exacta que quedó almacenada en nuestra memoria justo la noche anterior.

Entre órdenes confusas, cuerpos y mentes tratarán de recuperar el don de replicar todas aquellas rutinas necesarias para comenzar a otorgar sentido a la vida. En general, los cuerpos avanzarán en estas tareas algo más rápido que las mentes. Porque los cuerpos son esa parte del yo que ejecuta sin cuestionar. Y las mentes volverán a preguntarse el porqué de las cosas desde una cierta ebriedad onírica. Porque las mentes son esa parte del yo que cuestiona sin ejecutar.

Pero realmente puede suceder sin previo aviso que ella o él, cansados de observar obediencia al recurrente ritual, despierten sencillamente a la posibilidad de una nueva vida. Renazcan.

En tal caso, desde el claroscuro del amanecer -nunca antes ni más tarde- irán dibujando los nuevos perfiles de un mundo en construcción, desde una memoria tierna e inconsistente en la que vendrán a ingresar los aromas por primera vez, un rostro vagamente familiar o las evocadoras sonoridades de las paredes de una estancia. De alguna manera sus cuerpos, cansados de ejecutar sin objeciones su desempeño de tareas conocidas, irán afinando una nueva capacidad para cuestionar los límites de lo desconocido. Mientras sus mentes, cansadas de sufrir alteraciones cabalísticas sin fundamento, comenzarán a ejecutar firmemente sus deseos al calor de una voraz apetencia.

Es cierto que seguirán sin saber de dónde venimos o a dónde vamos. Porque probablemente eso no sea útil para desenvolverse satisfactoriamente en el desempeño de su objetivo vital. Pero lo que es indudable es que cada vez que decidan nacer o renacer, ingresarán en el umbral de un nuevo yo deconstruido, de una conciencia impropia que todavía pertenecerá íntimamente a cada rincón que la sustenta, que solo se construirá y se fundamentará a sí misma con cada descubrimiento nuevo, con cada despertar.

Y dejarán de dudar cada mañana si merece la pena levantarse.


sábado, 11 de diciembre de 2021

DÍAS LÍQUIDOS

 

Fotografía del autor

Es curioso cómo ha calado la percepción de que las estructuras sociales que nos sustentaban se están descomponiendo, cuando, en realidad, las únicas estructuras que se desvanecen son las del apoyo mutuo y las de la memoria. Porque lo cierto es que la jerarquía sobrevive y goza de muy buena salud. De ese modo, y empleando la nomenclatura de Zygmunt Bauman, la liquidez de la modernidad solo se manifestaría en determinadas estructuras, mientras que otras se han conservado con una renovada solidez.

No me sorprende. Todo ello entra en la lógica del mercado. Es mucho más rentable desposeer al individuo de su red de socialización para que deje de ser un ciudadano con derechos y pase a ser un cliente con necesidades, abducido por la absurda fascinación de lo nuevo. El mercado segmenta. El mercado individualiza hasta diseccionar cada parte del consumidor y convertirlo en el blanco de su más poderosa arma de deshumanización masiva: la publicidad. Somos piel atópica que necesita tratamientos dermatológicos, somos corazones desconsolados que necesitan aplicaciones para buscar un nuevo amor, somos insomnes que requieren de una dosis diaria de melatonina, somos propietarios en guerra contra todos, que necesitamos alarmas para mantener nuestras posesiones a salvo, somos en definitiva hijos bastardos a los que la justicia mira con desprecio y el mercado con codicia. Somos recursos humanos. Y esta es una sociedad centrada en la explotación de todo tipo de recursos, sin importar su agotamiento definitivo, bajo el imperativo de una obsolescencia programática. Incluso el lenguaje es un recurso que se agota. Sobran los ejemplos.

Mal futuro le espera a la cultura con estas premisas. Era una hermosa herramienta, pero ha caducado. La interpretación crítica de la realidad en manos de cualquiera capaz de blandir una pluma, un pincel, un libro o una guitarra no encuentra un nicho en este mercado. Sí, era capaz de relacionar a seres, incluso más allá del tiempo y el espacio; pero, lamentablemente, ha acabado instalándose en un obstinado lucro cesante. ¿Quién va a ser tan estúpido como para invertir un solo céntimo, un solo segundo en una fiesta sin asistentes?

Y en eso estamos, dudando entre la urgencia de lo importante y la importancia de lo urgente. Algo confusos, es normal. Sin comprender que el orden natural no contempla la posibilidad de separar a los hijos entre legítimos o ilegítimos. Sin asumir que la melodía que brota de una orquesta no distingue entre la nobleza de los violines y la plebe de las trompas. Sobre una vieja barca que a duras penas flota sobre esta maldita modernidad líquida que acabará haciéndola zozobrar.

Hasta que sales por la puerta en una fría mañana de diciembre y caminas envuelto por la liturgia de las conversaciones en la tienda de Sagrario. Buenos días... Buenos días… Hace frío esta mañana… Pues sí, pero es lo que toca…

Tal vez no sea moderno. Tal vez no sea líquido. Tal vez no estemos tan mal en este rincón despoblado de precipitación. ¿Y qué podemos perder por intentarlo?


miércoles, 1 de diciembre de 2021

PEQUEÑOS RITOS

Fotografía: Jessica Martínez

No éramos los mismos cuando todo esto comenzó. El silencio repentino de las calles nos cogió por sorpresa. Lo observábamos como un fenómeno ajeno, como una atracción turística, sin comprender lo que iba a significar. Pero la vida seguiría igual cuando la crisis se hubiera superado. Volveríamos a salir, a viajar, a comprar, a abrazar, a besar, a recibir visitas, a comer juntos. Y nuestros problemas serían los de siempre, los conocidos y previsibles asuntos domésticos de toda la vida.

Sin embargo, no ha sido así. Hemos vuelto a salir, a viajar, a comprar, a abrazar… pero no es igual. La crisis se retroalimenta cada día, cada semana, de modo que parece que nunca vamos a salir de ella. Y para colmo, las perturbaciones que han generado los estados de alarma han provocado un deterioro grave en la cadena de suministros mundial. Es lo que pasa cuando sujetas un planeta entero con largas cadenas de suministro que le dan vueltas y vueltas hasta ahogarlo.

Es cierto que hay mucha gente que ha decidido vivir con normalidad a pesar de todo. Es una respuesta lógica ante la presión continuada, ante la sensación de que esto no se va a acabar nunca. Pero hay mucha gente que ha perdido la alegría de vivir, que tiene miedo a exponerse manteniendo contacto social, que se refugia en casa, que no sabe por qué, pero se sienten culpables. Es otra respuesta lógica ante la situación.

Pero entre ambos grupos se va abriendo un abismo. Y, sobre todo, en el segundo, la resistencia psicológica se va resquebrajando. El problema es que su sufrimiento no se manifiesta hasta que es tarde, y normalmente no hay vuelta atrás, el camino de regreso queda abrasado.

Ahora el silencio es otro. Las calles parecen vivas, el mundo gira, con cadenas o sin ellas. Pero los perdedores guardan silencio en un hacendoso ir y venir intramuros que esconde el pesar en frascos pequeños y frágiles. Demasiado expuestos a fracturarse ante la próxima tormenta de pánico social o la próxima crisis familiar.

Yo siempre me he sentido perdedor. Y no tengo que elegir bando, sé dónde estoy. Pero ¿por qué no vamos a seguir luchando?

Es cierto que nos han despojado de las armas más contundentes. Nos queda poca energía. Somos vulnerables e inestables. ¿Y qué? Vamos a agarrarnos a lo que sea para seguir a flote.

Es cierto que parece que seamos la excepción, que todo el mundo haya superado la congoja, que saben lo que hacen, mientras nosotros no sabemos qué hacer. Pero es un espejismo.

En cualquier caso, escuchadme bien, a partir de mañana, sin más demora, vamos a ponernos deberes. Nada que no pueda ejecutarse con sencillez, con un discreto placer que se repita todos los días, a la misma hora. El placer de un café con la música de tu emisora favorita, el placer de encender el fuego de la estufa, el placer de cepillar al gato mientras ronronea, el placer de leer esa novela que has sacado de la biblioteca, el placer de llamar a una amiga que hace tiempo que no dice nada, el placer de abonar las plantas del balcón… Como pequeños ritos necesarios, cargados de un sentido profundo, de un ascetismo terapéutico que nada ni nadie puede cuestionar: ahora son lo más importante. Repetido una y otra vez. Y compartido con quien merezca nuestra compañía. Para coser fuertemente el alma de cada momento a nuestra alma descosida. Nada más, y nada menos.


 

domingo, 21 de noviembre de 2021

CUADERNOS


Fotografía del autor

Cuando era niño, una de mis obsesiones más recurrentes era definir el estilo de mi escritura caligráfica. Evidentemente, sin ordenadores, este era uno de tus rasgos de identidad más característicos. Quizá por eso era inevitable sentirse algo intimidado por quienes demostraban ya una personalidad fuerte en este aspecto.
Algunos de nuestros profesores entendían que para construir el conocimiento no había nada mejor que pasar una hora de clase copiando mecánicamente los apuntes que nos dictaban con manifiesta desgana. A buen seguro, no se habían molestado ni siquiera en revisarlos de un año para otro, y eran los mismos apuntes que habían copiado con la misma desgana varias generaciones que nos habían precedido. Lo cierto es que era un ejercicio formidable para ir deformando ese estilo caligráfico que tan pudorosamente habíamos consolidado en nuestra tierna infancia. El resultado era terrible, porque la precipitación de seguir al dictado convertía nuestra letra en un abominable engendro en el que era imposible reconocerte.
Así se iba definiendo nuestra personalidad, y de ello dan fe los cuadernos desvencijados que quedaron guardados en algún cajón de casa. Tenían un valor incuestionable, porque habían significado muchas horas de trabajo. El problema era que si continuabas tu escolarización durante los años de universidad, el volumen de ese archivo personal crecía sin medida hasta acabar ocupando decenas de armarios.
Llegó un momento en que comprendí que si necesitaba buscar una información concreta, iba a ser mucho más fácil hacerlo en internet que en mis viejos apuntes. Así que decidí hacer una extensa purga que sometiera a toda aquella montaña de papeles a un criterio de selección estrictamente emocional. Algo parecido ocurrió con mi costumbre de guardar recortes de artículos y noticias en prensa de papel. El filtro emocional acabó reduciendo todos aquellos documentos a una pequeña muestra que guardaba la esencia de algunos de los recuerdos más vívidos de mi pasado.
Ahora reviso de tanto en tanto revistas, periódicos, apuntes, trabajos que con su tacto ajado y con su aroma orgánico capturan sin vacilaciones la intimidad de un yo que siempre recordaré con ternura. Estamos irremediablemente ligados a la interpretación que hacemos de los objetos. Construimos lo mejor de nuestra experiencia con el roce, las fragancias, las melodías y el cariño.
Sin ir más lejos, en estos momentos en que escribo, suena el Agnus Dei de Samuel Barber. Huele a pan recién hecho, en casa, con todo el cariño. Y yace sobre la mesa el ejemplar de prueba para correcciones de una revista que pretende nacer al mundo. Es un papel nuevo, algo insolente, que ambiciona envejecer apartado de las tribulaciones del devenir, para conservar nuestros efímeros tesoros. 
Cuadernos y más cuadernos...

jueves, 11 de noviembre de 2021

UN BON JOUR

 


A veces se hace difícil escribir. Parece que el torrente se ha agotado. Y ni siquiera consultando a los habituales oráculos aparece la inspiración.

Los problemas del mundo no caben en tan pocas palabras. Las despedidas definitivas encogen la voz. Qué puedo decir... Es inevitable sentir una severa intoxicación de impotencia.

El problema es que hay un buen número de amigos y de amigas a los que envío estas reflexiones tres veces al mes. Es una manera de decirles que sigo aquí, que no desfallezco, que me acuerdo de ellos. Porque guardar silencio, salir de la sala y apagar la luz no deja otra alternativa que la entrega de las armas.

No, no voy a entregar la pluma al enemigo. No importa que espere sus voces desde hace tiempo; leen lo que escribo para ellos y, a veces, incluso me envían algún comentario lleno de empatía, con cariño, con algo de melancolía también.

Están ahí, lo sé. Y, sin embargo, eso me hace especialmente vulnerable en un momento en que alguien que formaba parte de mi vida ya no está, se acaba de marchar, uno más... Es entonces cuando comprendes que el silencio prolongado va debilitando el hilo que nos une, va desvaneciendo la sensación de cercanía. Hasta borrar la posibilidad de un nosotros.

Puede que esto acabe pareciendo una brevísima oda a las oportunidades perdidas. No era mi intención. Tan solo pretendía detener el curso implacable del olvido. Porque hay pérdidas irreparables, sí. Pero noviembre es un mes amarrado fuertemente a la memoria y, aunque no pueda prometer la vida eterna, puedo prometer honrar el recuerdo de quienes se han marchado. Y puedo también, por qué no, seguir enviando a vuestro buzón de vez en cuando un saludo, o como diría un buen valón, un bon jour.


lunes, 1 de noviembre de 2021

COMPLICARSE LA VIDA

 

Foto Pilar Barrachina

Seducir al ser amado es complicarse la vida.

Creer en alguien por primera vez es complicarse la vida.

Sentarse junto al solitario sin perturbar su silencio es complicarse la vida.

Manejar palabras sin censura es complicarse la vida.

Ansiar conocimiento es complicarse la vida.

Reconocerse limitado es complicarse la vida.

No creer en Dios es complicarse la vida.

Amanecer un nuevo día es complicarse la vida.

Abrir la primera página de un nuevo libro es complicarse la vida.

Marcharse a vivir a un pueblo es complicarse la vida.

Mantener contacto con los viejos amigos es complicarse la vida.

Sentir el dolor de los demás es complicarse la vida.

Decir no es complicarse la vida.

Defender la vida, toda manifestación de vida, es complicarse la vida.

Ayunar es complicarse la vida.

Ser dueño de tus silencios es complicarse la vida.

Amar sin esperar ser amado es complicarse la vida.

Definirse diferente es complicarse la vida.

Comprometerse es complicarse la vida.

Reconocer los errores es complicarse la vida.

Dejarlo todo y volver a comenzar es complicarse la vida.

Perseguir un sueño es complicarse la vida.

Afrontar temores y fobias es complicarse la vida.

Abrir las puertas de tu casa es complicarse la vida.

Tener criterio propio es complicarse la vida.

Denunciar a los sometedores y a los saqueadores es complicarse la vida.

Hacerse mayor es complicarse la vida.

Cuidar de un planeta enfermo es complicarse la vida.

Subir al Kilimanjaro con muletas es complicarse la vida.

En fin, ir contra corriente es complicarse bastante la vida.

No conozco a ninguna madre, a ningún padre que deseen para sus hijos una vida llena de complicaciones. Bien al contrario. Estamos obsesionados con la seguridad, el confort, el éxito de nuestros descendientes. Y, en el fondo, secretamente, deseamos descansar en el futuro nuestros macilentos huesos en esa estabilidad y esa opulencia, sin importarnos las posibles contraindicaciones. Pero lo cierto es que no complicarse la vida en absoluto nos debilita de manera irremediable, nos convierte en seres abyectos, innobles, anodinos, tristes, prescindibles, peligrosos.

Si de verdad queremos buscar la belleza, honrar lo estimable, cultivar un futuro mejor o, sencillamente, dignificar cada minuto de cada día, no hay otro camino. Y para ello necesitamos madres y padres valientes. Que tengan la generosidad de criar vástagos con el arrojo suficiente para querer complicarse la vida, sin miedo a ser diferentes. Con la única misión de lograr vivir intensamente. Aunque todo ello no sea nada fácil.


jueves, 21 de octubre de 2021

CONTICINIO


En la distancia se obtiene casi siempre la dimensión precisa de lo cotidiano. Tal vez por ello recomendaba Comenio tan fervientemente el viajar como escuela del saber. Porque lo importante de un viaje es apreciar la exactitud de todas y cada una de las mutaciones percibidas al regreso. Nada es igual a como lo recordábamos y, sin embargo, todo vuelve a ser familiar. Porque, en realidad, lo que ha cambiado no es aquello que observamos, sino el observador. ¿Cuál es entonces la dimensión precisa de lo cotidiano? Solo podremos descubrirlo viajando a lo no cotidiano.

El problema de comparar es que frecuentemente cometemos el error de comparar cosas que no son equiparables. Os pondré un ejemplo. Emprendemos un viaje a un lugar estimulante o relajante, según se desee. Llegamos y comenzamos a disfrutar de todo aquello que echábamos de menos; lo extraordinario. Pero llega un momento en que comenzamos a echar de menos aquello que hemos dejado atrás; lo ordinario. Y, en realidad, cada lugar tiene su propia identidad, sus virtudes y sus deméritos. Lo que importa es lo que ese lugar despierta en nosotros como observadores. 

Y qué decir del aura que rodea al viajero. Cómo estimulan sus andanzas la imaginación del auditorio. “¿Cuánto de lejos hay que llegar para tocar el horizonte? ¿Cómo respiran los amantes de una noche polar? ¿A qué sabe el beso de la arena del desierto? ¿Quién ha inventado las palabras que nos traes?” El oyente construye de ese modo su propio viaje y, al concluir la pormenorizada exposición de tan emocionante relato, percibe claramente que algo ha cambiado. ¿Pero acaso no ha viajado también?

¿Entonces, es posible viajar al interior de nuestras almas? ¿No es eso bucear realmente en lo extraordinario? ¿No es una escuela del saber? Tomar distancia como si fueras habitando un alter ego, un testigo leal, amable, que observa prudente el devenir de nuestra existencia. Y cuando regresa nos relata cómo ha logrado rodear el horizonte en el crepúsculo, cómo se ha estremecido amando al calor de la noche polar, cómo ha besado sin ruborizarse la mejilla del desierto o cómo inventó la palabra conticinio para fruncir nuestro sueño al suyo, para siempre.

Puede que no esté preparado para un viaje tan profundo. Tal vez ni siquiera para soportar una simple visita a la gran ciudad. Pero en cada paisaje, en cada tránsito hay algo que me muestra aquello que algún día puede llegar a ser. Y casi siempre encuentro algún amigo con quien compartir largas conversaciones, relatos de unas vidas que se cruzan y entrecruzan hasta que dan las tantas, hasta desembocar en un silencio acogedor que puebla incluso el más recóndito rincón de la madrugada.


lunes, 11 de octubre de 2021

ENVEJECER

 

Fotografía del autor

Afortunadamente, si las cosas no han ido demasiado mal en la vida, la edad te reporta un exquisito -aunque exiguo- ramillete de amigos. Un fresco bouquet de colores vibrantes que endulzan nuestra estancia de un aroma intenso, emotivo, familiarmente exótico. Confortablemente estimulante, diría yo.

Nos conocen bien, y saben guardar silencio cuando es preciso, escuchar atentamente si lo necesitamos, o decir aquello que otros no osarían jamás nombrar. Porque, aunque han pasado muchos años, todavía compartimos la ambición de seguir descubriendo nuevas formas de vivir o, lo que es lo mismo, nuevas formas de comprender qué es la vida.

Es así como, de tanto en tanto, una de esas voces se levanta para alertar de un extravío: “Amigo mío, así no. Has perdido el rumbo. Te estás volviendo un cascarrabias”.

Lo sabemos; suelen tener razón, y lo más sensato es reconocerlo y enmendar lo antes posible. No será porque nos falten ejemplos de cómo hay que hacer las cosas. Solo hace falta mirar alrededor y observar cuidadosamente la dignidad de los silencios que atesoran algunas miradas en el parque, o el hacendoso trajín del devenir doméstico detrás de los balcones.

Van pasando los años y, ciertamente, no quisiera parecerme a nada ni nadie que quiera considerarse marchito. Ya sé que no va a ser fácil. Hay dolores y omisiones que nos recuerdan todos los días que hemos abandonado la frontera de la irreductibilidad. Pero insisto, no faltan ejemplos de resistencia.

Pasean por las calles la dignidad de conocer cada rincón, cada latido y cada soplo de la memoria. Construyen con la mirada mundos que fueron, leales hasta la muerte a cada sentimiento, a cada filiación, a cada amanecer como ese nuevo tesoro inmerecido. Beben lentamente el néctar de la vida, desde la convicción de que la sangre nueva que atrona hoy las calles empinadas de este pueblo regará algún día de consuelo a otras generaciones venideras, en el ocaso de sus días. Y, más allá de todas las limitaciones, los prejuicios, los augurios o las ambiciones de quienes nunca han estado a la altura de su apabullante sencillez, incluso se atreven a liderar una comunidad.

Es patrimonio de unas pocas almas, solamente aquellas que han mirado con ojos claros la luz que nace la infancia y acaba decantándose en ella, en un viaje de ida y de vuelta, indiferente a todas las edades, el llegar a ser venerable. Almas sencillas e inagotables como la de nuestro entrañable alcalde.


viernes, 1 de octubre de 2021

EPIDEMIA DE INDOLENCIA

 


No sé si es bueno o malo, pero lo cierto es que todas las mañanas comienzo escudriñando las noticias en la prensa digital. Me gustaba mucho más hojear el periódico, claro, con su olor a tinta y el caótico despliegue de papel sobre la mesa, a modo de retablo omnisciente. Pero las cabeceras que más me interesan ya no se publican en papel, y las que sí lo hacen no llegan a Instinción. Así que no hay más remedio que mudar de costumbres.

Me gusta saber qué ocurre y tratar de comprender el porqué. Os aseguro que no es fácil; sobre todo lo segundo. Hay demasiadas claves ocultas en todos los sucesos, procesos, fenómenos sociales. Claves que se ocultan deliberadamente y claves que por su complejidad son difíciles de contemplar. Desconfío por norma de todo aquel o toda aquella que pontifiquen sin rubor sobre lo que fuere. Los pontífices de la realidad, los sumos sacerdotes que lo saben todo adolecen del principio fundamental de la sabiduría: el querer saber. Pero su objetivo no es explicar la realidad, es evidente. Lo que pretenden es crear opinión, sustentar grupos de poder (eso que ahora llaman lobbies). Mientras tanto un pequeño blog llamado Instinción Rebelión, la aldea gala en pleno imperio, sigue su singladura edificando el estado soberano de la duda.

No es lo único en lo que esta bitácora va a contra corriente. Me explico.

Otros fenómenos generalizados que infectan la información diaria son la banalización del dolor y la creación de un sentimiento generalizado de impotencia. El dolor repetido hasta la extenuación, efectivamente agota la capacidad de conmoverse, de afectarnos. El dolor ajeno repetido y repetido ya no duele: nos hace indolentes. Por otro lado, la monstruosa magnitud del mal que ocupa todo el orbe informativo nos vence y nos convence de que nada podemos hacer frente a ello. Nos invita a ocuparnos de nuestro pequeño reino privado que ofrece un sinfín de satisfacciones por un módico precio -o no tan módico-, el reino del hedonismo consumista, del individualismo insolidario: el reino de la indolencia. Mientras tanto un pequeño blog llamado Instinción Rebelión, la aldea gala en pleno imperio, habla de personas que hacen cosas extraordinarias, que actúan sin afán de protagonismo, tejiendo una red de ilimitadas posibilidades.

Probablemente sea tarde para dar solución a algunos problemas, incluso para atenuarlos en el mejor de los casos. Soy consciente de ello. Y, sin embargo, todas las mañanas busco entre las informaciones de actualidad algo que mueva a la esperanza, algo que cambie el paso. A estas alturas no sé si es bueno o malo. Pero me gusta saber si ocurre y, sobre todo, cómo ocurre. Y no es frecuente, aunque sí es relevante compartir con urgencia claves que son concluyentes y que son innovadoras (eso que llaman ahora disruptivas).

Sin pontificar, si es posible...


martes, 21 de septiembre de 2021

UN HOYO EN EL AGUA

 

Fotografía del autor

Todo comenzó en una conversación telefónica. Sí, de las de antes, sin la molesta distracción del vídeo simultáneo. Hablar por teléfono es susurrar directamente a una oreja amiga y dejar que una voz lejana altere suavemente la homeostasis de nuestra intimidad.

Pero es que, además, hablar con Adolfo, Señor de las Alpujarras, es siempre una lección de vida. Y, por suerte para mí, en estos días tenemos buenas razones para hacerlo con cierta frecuencia. No recuerdo a cuento de qué, en una de estas conversaciones surgió el silogismo del hoyo en la arena de la playa para ilustrar la sensación que a veces nos asalta a quienes dedicamos nuestros esfuerzos a colaborar en diversas causas imposibles: cavamos y cavamos pero inevitablemente el agua del mar vuelve a inundar nuestro agujero, y la labor tiene que volver a empezar.

A lo largo de estos días la imagen ha ido abordándome con insistencia; algo no encajaba en la metáfora. Si esto es inevitablemente así, ¿por qué hay personas que continúan infatigablemente en su labor, sabiendo que no va a servir para nada?

La semana avanzaba sin ofrecer, aparentemente, respuestas.

Llegó el martes, y como todos los martes llegaron los niños de la Residencia de menores a la biblioteca. Irrumpió el jaleo, las inquietudes, los ojos que ambicionan conocimiento y atenciones. El dulce caos. Entraron como quien llega a casa, a un lugar seguro, familiar. Algo estaba cambiando. Podía llegar a ser imperceptible entre los anaqueles, pero si observaba atentamente, veía cómo el agua ya no desbordaba el hoyo.

El miércoles nuestra palmera, nuestro faro verde, se disponía a guiarnos hacia un puerto confortable al que fueron llegando los miembros constituyentes de la madre de todas las locuras. Paco, Pilar, Adolfo, María Salud y más tarde, Pepe, Félix y Paco, nuestro alcalde. Hubo un momento en que observé en silencio el decurso de la reunión y podía sentir claramente cómo el agua se filtraba hacia el fondo del agujero.

El jueves, por ventura, visitamos a María, alma rebosante de experiencias y de convicciones como un recipiente hermoso y frágil que hubiera perdurado desde la eternidad. Y también a Mari Carmen, heredera de la más brillante colección de Quijotes que podéis llegar a imaginar, guardiana infatigable de fantasías y recuerdos en el corazón de un prometedor porvenir. Qué riqueza, qué abundancia tan apabullante en una sola mañana. Mientras, podía observar con claridad la retracción del agua en el alegórico agujero de arena.

El sábado, por fin el sábado, tuvimos la fortuna de encontrarnos con la historia de nuestro pueblo, en la voz de Ángel, con su libro ya en las manos. La plaza, rebosante de interés, respiraba un aire de reverencia ancestral. Las redes sociales atentas, como nunca, a lo que allí ocurría. Y en medio de aquel cosmos, si observaba atentamente, podía sentir cómo el agua se retiraba un poco más del hoyo.

Y el domingo, como todos los domingos, subimos a regar nuestros arbolillos en el Cerro de la Cruz. Echamos, por cierto, de menos a Marianne, que ha emprendido viaje de regreso a su país. Pero Ramón y yo esperábamos a unos nuevos ayudantes: de nuevo los niños de la Residencia. Y mientras ellos inundaban alcorques ayudándose con todo tipo de vasijas, el agua de mi hoyo imaginario se retiraba por completo, el mar se calmaba, los sueños imposibles despertaban con la ambición de llegar a ser irrenunciables.

Todo en orden desde el lunes. La rueda de la semana vuelve a girar. Levanto el teléfono. Tono de llamada. Y un extraño escalofrío de satisfacción al descubrir, no sin sorpresa, que he comenzado a cavar un hoyo en medio del agua del mar. Y no estoy solo.