martes, 21 de septiembre de 2021

UN HOYO EN EL AGUA

 

Fotografía del autor

Todo comenzó en una conversación telefónica. Sí, de las de antes, sin la molesta distracción del vídeo simultáneo. Hablar por teléfono es susurrar directamente a una oreja amiga y dejar que una voz lejana altere suavemente la homeostasis de nuestra intimidad.

Pero es que, además, hablar con Adolfo, Señor de las Alpujarras, es siempre una lección de vida. Y, por suerte para mí, en estos días tenemos buenas razones para hacerlo con cierta frecuencia. No recuerdo a cuento de qué, en una de estas conversaciones surgió el silogismo del hoyo en la arena de la playa para ilustrar la sensación que a veces nos asalta a quienes dedicamos nuestros esfuerzos a colaborar en diversas causas imposibles: cavamos y cavamos pero inevitablemente el agua del mar vuelve a inundar nuestro agujero, y la labor tiene que volver a empezar.

A lo largo de estos días la imagen ha ido abordándome con insistencia; algo no encajaba en la metáfora. Si esto es inevitablemente así, ¿por qué hay personas que continúan infatigablemente en su labor, sabiendo que no va a servir para nada?

La semana avanzaba sin ofrecer, aparentemente, respuestas.

Llegó el martes, y como todos los martes llegaron los niños de la Residencia de menores a la biblioteca. Irrumpió el jaleo, las inquietudes, los ojos que ambicionan conocimiento y atenciones. El dulce caos. Entraron como quien llega a casa, a un lugar seguro, familiar. Algo estaba cambiando. Podía llegar a ser imperceptible entre los anaqueles, pero si observaba atentamente, veía cómo el agua ya no desbordaba el hoyo.

El miércoles nuestra palmera, nuestro faro verde, se disponía a guiarnos hacia un puerto confortable al que fueron llegando los miembros constituyentes de la madre de todas las locuras. Paco, Pilar, Adolfo, María Salud y más tarde, Pepe, Félix y Paco, nuestro alcalde. Hubo un momento en que observé en silencio el decurso de la reunión y podía sentir claramente cómo el agua se filtraba hacia el fondo del agujero.

El jueves, por ventura, visitamos a María, alma rebosante de experiencias y de convicciones como un recipiente hermoso y frágil que hubiera perdurado desde la eternidad. Y también a Mari Carmen, heredera de la más brillante colección de Quijotes que podéis llegar a imaginar, guardiana infatigable de fantasías y recuerdos en el corazón de un prometedor porvenir. Qué riqueza, qué abundancia tan apabullante en una sola mañana. Mientras, podía observar con claridad la retracción del agua en el alegórico agujero de arena.

El sábado, por fin el sábado, tuvimos la fortuna de encontrarnos con la historia de nuestro pueblo, en la voz de Ángel, con su libro ya en las manos. La plaza, rebosante de interés, respiraba un aire de reverencia ancestral. Las redes sociales atentas, como nunca, a lo que allí ocurría. Y en medio de aquel cosmos, si observaba atentamente, podía sentir cómo el agua se retiraba un poco más del hoyo.

Y el domingo, como todos los domingos, subimos a regar nuestros arbolillos en el Cerro de la Cruz. Echamos, por cierto, de menos a Marianne, que ha emprendido viaje de regreso a su país. Pero Ramón y yo esperábamos a unos nuevos ayudantes: de nuevo los niños de la Residencia. Y mientras ellos inundaban alcorques ayudándose con todo tipo de vasijas, el agua de mi hoyo imaginario se retiraba por completo, el mar se calmaba, los sueños imposibles despertaban con la ambición de llegar a ser irrenunciables.

Todo en orden desde el lunes. La rueda de la semana vuelve a girar. Levanto el teléfono. Tono de llamada. Y un extraño escalofrío de satisfacción al descubrir, no sin sorpresa, que he comenzado a cavar un hoyo en medio del agua del mar. Y no estoy solo.


sábado, 11 de septiembre de 2021

ASIMETRÍAS

 

Fotografía del autor

Podría deciros que he admirado a unos cuantos maestros, a muchos de ellos no tuve la suerte de conocerlos personalmente. Podría decir que voy aprendiendo a plantearme las preguntas oportunas a cada circunstancia y cada momento. Que he cultivado con mayor o menor destreza semillas de concordia de enraizamiento profundo. Que vengo observado atentamente mi propio devenir como un testigo cercano de lealtad insobornable.

Ahora, por fortuna, no me resulta tan difícil reconocerme como parte de una tribu, aquella que me ha ido acogiendo desde que aprendí a hablar con la voz muy baja, susurrando, a través de páginas descoloridas. A esta tribu pertenecen seres tan extraordinarios como Salvador Pániker, de quien he tomado prestado, por cierto, el título de una de sus obras. Se trata de la recapitulación de un corpus de pensamiento tan brillante como atractivo: Asimetrías.

Las asimetrías conceden una belleza incontrovertible. Dibujan un perfil de asombro cotidiano por la desemejanza, por la sinceridad, por el alma sublime y profunda. Las asimetrías debilitan de manera contundente el paradigma de homogeneización global. Por eso las tribus deben ser asimétricas, tanto como el cambalache de aire que respiran al compartir, que comparten al respirar.

No hay tiempo que perder. De las tribus castradoras nunca advertiremos lo suficiente. De los que nadan en excremento y son incapaces de apreciar un aroma sutil. De los que acaban abocando toda su gloriosa mierda salvapatrias en un infecundo estercolero maloliente. Simétricos, uniformados, obedientes, sumisos, venales, homicidas.

Necesitamos con urgencia que la juventud sea un pantano de asimetrías. Que cada individuo sienta íntimamente la pertenencia a algo hermoso, la propiedad de una identidad inviolable, la ternura de un aliento amigo. Necesitamos tribus valientes para dar cobijo a la infancia. Que ensayen cada mañana la melodía de un nacimiento tan incierto como excitante. Que hagan de los frutos del pensamiento universal alimento y lumbre, confortable hogar. Que abracen con pasión el tiempo que nos ha tocado y bailen con él hasta seducirlo de madrugada.

Sí, es la magnitud de la diferencia, de la imperfección, de la fragilidad, de la vulnerabilidad lo que refleja con malicia nuestro espejo. Pero nada de eso debe instalarnos en el miedo, ni en la ignorancia de todo aquello que no es tan evidente.

Dejad pues que cumplimenten convenientemente sus ritos. Dejad que crezcan sanos y fuertes, por el bien de todos aquellos que han de ingresar en su linaje. Dejad que acomoden en su seno también a los indecisos o los antagonistas. Hay lumbre para calentarnos juntos. Hay pan y paz para todos. Dejad que su nombre pertenezca quizá en un futuro a algún paraje singular, tal vez un bosque.


miércoles, 1 de septiembre de 2021

EL AMIGO INVISIBLE

Fotografía del autor

La vida no viene con un manual de instrucciones, es obvio. Si bien todos sospechamos que resultaba más simple en el pasado -aunque no por ello siempre mejor-.

Si la medida de un viaje era lo que tus dos piernas podían avanzar en una jornada, no podía haber mucha diferencia entre viajeros en cuanto a la distancia plausible a recorrer, más allá de la edad, el estado de salud, la climatología o, claro está, la disponibilidad de caballerías.

Si eras hijo del boticario, el terrateniente, el alcalde o el médico podías estudiar; si eras la hija de un arriero, un carpintero, un labrador o una tejedora lo más probable es que no.

Si los gobernantes ejercían con todas sus armas la persecución al diferente o al disidente, la masa se homogeneizaba de manera dramática en sus usos y costumbres. La vida era más fácil, porque la certidumbre venía impuesta por la imposibilidad de divergir o negociar. Entonces sí que había un manual de instrucciones, ya que para casi todas las decisiones importantes había un código de conducta de obligado cumplimiento.

La sociedad occidental ha llegado a un alto grado de libertad en el que ese antiguo código de conducta ha saltado por los aires. Ya sabéis, son las sociedades “líquidas” que tan brillantemente nos describió Zygmunt Bauman.

Para colmo, nuestra naturaleza nos dicta un modo de aprendizaje que se basa muy sólidamente en la imitación de modelos. Aquí podríamos hablar de las neuronas espejo o del gregarismo, por ejemplo. En las sociedades líquidas, los modelos son tan inseguros y volubles que no garantizan la estabilidad de un sistema duradero de convivencia.

En un estado permanente de transformación es normal que uno entre en pánico, en estrés crónico; te sientes traicionado por tu entorno. A las expectativas de un futuro catastrófico se suman la inutilidad de los aprendizajes adquiridos para afrontar un mundo desconocido, la carencia de modelos de éxito razonable que emular o la interminable casuística de desgracias que vierten sobre todos nosotros los medios de información. Parece que todo ello nos conduce a tratar de simplificar al máximo el magma de complejidad que nos abrasa. Y, por supuesto, casi siempre resulta más difícil si eres joven.

Es esta un atmósfera en la que aparece de manera recurrente la queja y el horror por las agresiones perpetradas por colectivos bien estructurados. Su fuerza proviene del sometimiento a nuevos códigos de conducta de obligado cumplimiento, a un modelo autoritario.

Podríamos quedarnos en este punto del análisis y todo sería correcto.

No obstante, existen también fundados indicios de inteligencia entre nosotros. No suelen manifestarse en grupo, no obedecen a un código autoritario, no renuncian a preguntarse el porqué de las cosas, no hacen gala de sus trofeos, no tratan de silenciar a los demás con sus decibelios, no aparecen en los periódicos.

Están junto a vosotros. Se manifiestan sutilmente todos los días. Aceptan la complejidad, la falibilidad, la emotividad y demuestran por ello una incalculable fortaleza. Y nosotros, que recibimos todos los días algún regalo inmerecido de uno de estos “amigos invisibles”, no hacemos otra cosas que quejarnos de las miserias y de nuestra mala fortuna, de lo “visible”.

Pues bien, sed bienvenidos a la libertad, amigos, a la de verdad. La de la sociedad líquida, sí, la de un mundo que se tambalea y se resquebraja como un huevo que promete la inminente eclosión de una nueva vida.

Nada garantiza que vaya a ser mejor, pero observad bien porque va a suceder en cualquier momento, porque ya está sucediendo. Aunque me consuela pensar que probablemente forméis parte de esa floreciente congregación de amigos invisibles que me rodea y sé, con absoluta seguridad, que no dejáis de alimentar día tras día, noche tras noche el firme fundamento de nuestras esperanzas.

 

sábado, 21 de agosto de 2021

LÍMITES

 


De joven leía bastante más, desde luego. Alimentado por una febril fogosidad contravenía tozudamente el orden de la lógica, de todo pensamiento práctico, y dedicaba arduos esfuerzos a imaginar mundos posibles, sin saber que no lo eran. Sin otra razón de vida que ir enamorándome en cada estación, me sumergía en mares de psicodelia radiofónica hasta descubrir el éxtasis en alguna melodía que a menudo se hacía acompañar de algún texto extraordinario.

Eran otros tiempos, sí. Tuve, por añadidura, la fortuna de nacer algo más tarde de lo que me correspondía por afinidad y por sensibilidad con respecto a todo lo que más he amado, con lo cual, siempre se me ofreció disfrutar de frutos maduros, de sabor intenso y exótico. Por eso os puedo hablar hoy de uno de ellos y de la reflexión que me acompaña en estos días.

Breve como intensa, dulce como lacerante, en algún momento de cuya memoria quisiera tener conciencia llegó a mis oídos una canción que decía así: “Mi vida limita al norte con la muerte, al sur con mi madre herida, a la derecha mi amo contabilizando el aire, y a la izquierda tu sonrisa, amiga de amar, amante”. No supe hasta mucho después que el autor de esta glosa era León Felipe, porque, en realidad, yo lo escuchaba en las voces de un maravilloso grupo coral que algunos tal vez recordaréis: Aguaviva.

No deja de ser curioso que venga a mi memoria esta canción en días como estos, con temperaturas de un calor extremo tanto de día como de noche, con incendios forestales de consecuencias catastróficas, con regiones polares acelerando el ritmo de un deshielo definitivo.

Los límites se van estrechando. Sabíamos que nuestra madre solo era fértil en determinadas condiciones, que esas condiciones eran delicadamente frágiles y constreñidas. Vivimos, por ejemplo, en el interior una fina capa de siete a diecisiete kilómetros, según se mida en los polos o en el ecuador. Todo sucede entre los cinco mil metros de altitud y los dos mil metros de profundidad. Fuera de ella no hay vida, no es posible la vida.

Por no hablar de frío y de calor. Por debajo de -18ºC y por encima de 50ºC, las condiciones para la vida son casi insalvables. Más allá de estos límites solo se puede encontrar vida en estado latente, en márgenes definidos entre -200ºC y 80ºC/110ºC. Pero es testimonial.

También podríamos anotar los límites del aire. Ya sabéis: nitrógeno, al 78%, oxígeno, al 21%, gases nobles, al 1% (argón, neón, criptón y helio), dióxido de carbono, al 0,04% y vapor de agua, más o menos al 0,97%. Cualquier alteración de esta composición significa un riesgo para la vida. El aumento de partículas de polvo, por ejemplo, cambia la carga eléctrica de los iones produciendo un deterioro importante en la salud. Además, no hemos dejado de inyectar nuevas sustancias a su composición en las últimas centurias y lo peor es que algunas de esas sustancias que contiene ahora el aire son altamente reactivas, son más propensas a interactuar con otras para formar nuevas sustancias. Cuando algunas de estas sustancias reaccionan con otras, pueden formar contaminantes muy peligrosos.

Es en ese mismo aire en el que necesitamos respirar entre las 44 veces por minuto de un bebé y las 8 a 16 de un adulto, todo ello en estado de reposo. No parece aconsejable intentar batir el récord de apnea, aunque el aire no sea de la mejor calidad.

Con la comida tenemos más margen. Podemos dejar de comer hasta 45 o 60 días, pero los resultados serán funestos. Si queremos que todo vaya bien, mejor comer entre tres y cinco veces al día.

Necesitamos en definitiva tierra firme, fuentes de agua potable, suelo orgánico, lluvia en su cantidad justa, vegetación y fauna, etc. Y necesitamos que todo ello se relacione de una determinada manera en que la convivencia entre todos los factores favorezca la fertilidad y la reproducción de millones de formas de vida que conocemos y, sobre todo, que no conocemos. Todas ellas forman parte del engranaje.

Si abusamos del sedentarismo nuestro cuerpo abandona sus condiciones óptimas. Si abusamos del esfuerzo físico, se colapsa. Si vivimos en soledad, nuestra mente sufre. Si nos sumergimos en un gregarismo extremo, nos asfixiamos psíquicamente.

Si nuestros emolumentos están por encima del sueldo mínimo interprofesional podremos sobrevivir modestamente. Por debajo de este, seremos más o menos pobres -en esto también hay grados-. Si estamos muy por encima, seremos económicamente ricos, pero nuestra tasa de necesidades a cubrir experimentará un alza incontrolable.

Es de locos. ¿Cómo ha sido posible que prospere la vida en estas condiciones? Y, sobre todo, ¿cómo es posible que algunos iluminados piensen que pueden controlar este mecanismo? Los límites son muy marcados y, sin embargo, el engranaje es de una complejidad inimaginable.

Ahora, de mayor, leo menos. Quizás sea una fatiga crónica por la acumulación de todo eso que he aprendido y no me sirve para imaginar mundos nuevos, imposibles, sino todo lo contrario. Aun así, vale la pena recordar que siempre, en cualquier circunstancia, en cualquier proporción de combinación de factores que hayamos encontrado a lo largo de nuestras existencias, nos moveremos en unos márgenes estrechos, estrechísimos, entre los que habrá sido posible que surja la magia de la vida. Y podremos cantar con mejor o peor entonación aquello de “Mi vida limita al norte con la muerte, al sur con mi madre herida, a la derecha mi amo contabilizando el aire, y a la izquierda tu sonrisa, amiga de amar, amante”.

miércoles, 11 de agosto de 2021

EL BENEFICIO DE LA DUDA

 

Fotografía del autor

Digamos que uno ya ha llegado a una edad madura, que ha superado una larga etapa de inseguridades, de desaliño emocional e ideológico y, en definitiva, ha construido un sólido edificio de personalidad y convicciones inquebrantables. Es mucho decir, lo sé, pero seguidme el juego.

Pongamos, por contra, que la realidad que rodea a este individuo maduro está quebrándose o, aún peor, licuándose de modo que no hay nada que pueda retener, nada que permanezca inalterado. Los referentes ni son estables ni son compartidos por la comunidad, hasta el punto de que ha arraigado en el subconsciente un estado de alarma permanente que invita al sálvese quien pueda.

¿Cómo es posible mantener en esta situación una estabilidad emocional y social? ¿Cómo podemos sobrevivir en una formidable inundación de información si toda la que nos llega es un caldo emponzoñado? Y lo más importante: ¿Cómo desarrollar una existencia proactiva, serena, estimulante?

No estoy seguro de que sea posible. Pero, cuidado, mi duda no comporta el abandono de toda esperanza. Es más, la duda puede ser un buen instrumento para buscar en la rebotica lo que no muestra el escaparate. Porque, contrariamente a lo que se cree, lo que no se ve también existe.

Entremos, pues en la rebotica. A partir de ahora en lugar de jugar a “veo, veo” como si fuéramos niños, comenzaremos a jugar a “no veo, no veo”, como si fuéramos adolescentes que, con una desbordante inquietud, buscan lo desconocido, lo oculto.

No veo, no veo a millones de personas que plantan árboles en una lucha titánica por recuperar la fertilidad y la biodiversidad de cada rincón de la Tierra. Solo veo grandes incendios, sufrimiento, derrota. Y a todo el mundo dando la batalla por perdida.

No veo, no veo a miles de científicos, de intelectuales, de pensadores que buscan soluciones plausibles a los terribles retos que se avecinan. Seres extraordinarios que deberían ser una fuente de inspiración para todas nuestras hijas y todos nuestros hijos, mientras una parte del mundo llora por la marcha de un futbolista a otro equipo en el que la otra parte del mundo se abraza eufórica por la llegada del mismo interfecto.

No veo, no veo a millones de jóvenes que han decidido subirse a una bicicleta y atravesar las junglas urbanas, entre la amenaza de ser engullido y ser despreciado por los orgullosos propietarios de un pedazo de jaula de Faraday que, en lugar de aislar de los campos magnéticos, te aísla de toda señal de vida inteligente.

No veo, no veo a todas aquellas personas que luchan sin descanso para preservar el patrimonio comunal, el hogar de todo lo que es vida, de la especulación y la explotación privativa frente a los poderes que envuelven la destrucción en celofán de bonitos colores, de promesas de prosperidad generalizada, una prosperidad que promueve nuevas necesidades que cubrir hasta elevar la espiral del absurdo a lo más alto de un buen montón de basura que no desaparece debajo de las alfombras del reino.

No veo, no veo a millones de personas que se han privado de incluir en sus menús manjares pantagruélicos, mega proteicos, inasequibles para la mayoría, generadores de innumerables afecciones y de sobrexplotación de recursos sanitarios.

No veo, no veo el día en que todo el mundo se pregunte: si las cosas no van bien ¿por qué seguimos haciendo lo mismo? En lugar de eso, se acerca una era de carestía y de inflación global en la que lo poco que queda será el botín de los banqueros de la más rotunda miseria que se haya conocido.

Pero, entonces ¿cómo es posible mantener en esta situación una estabilidad emocional y social? ¿Cómo desarrollar una existencia proactiva, serena, estimulante?

No estoy seguro. Mi única fe es la duda, lo siento. Aunque la duda es, en realidad, lo que me mantiene vivo, porque ¿acaso no es también verosímil dudar de lo que parece una deriva inapelable? ¿Y si hay alguna manera de ver lo que hay en la rebotica? ¿Y si en la rebotica es posible reformular el futuro? ¿Y si han llegado ya a ella los verdaderos alquimistas que estábamos esperando? ¿Y si tú eres una de ellas, uno de ellos?



domingo, 1 de agosto de 2021

DESLEIR EL VACÍO

 

Fotografía: Museos de Terque

El reloj del campanario de Instinción ha dejado de medir el tiempo. Para dicha de todos los insomnes ha renunciado a tañer las horas noche y día. Seguramente sea un golpe de calor…

Es curioso cómo la ausencia del percutir nocturno de las horas ha definido un frondoso vacío en torno. Sabed que detrás de cada vacío se despeja la espesura hacia remotas manifestaciones de vida que habían quedado ocultas por el estruendo de lo evidente. Es algo parecido a lo que sucede con el concepto “España vacía”. Ay, si Jung levantara la cabeza.

“Si el inconsciente colectivo pudiera ser personificado […] no parecería una persona, sino más bien una especie de onda infinita, un océano de imágenes y de formas que emergen a la conciencia en ocasión de los sueños o de estados mentales anormales”.

Ahora que aquí ya no es rentable horadar la tierra en busca de metales, consumir la leña de miles de hectáreas de bosque, explotar a cientos de campesinos bajo un sol abrasador, sustraer las fuentes para apagar la sed de la industriosa masificación, ahora somos la España vacía. Y como está vacía, hay que llenarla de alguna manera rentable. Por ejemplo, con un sórdido mar de placas fotovoltaicas o con un despliegue de gigantescos molinos eólicos que asemejan un cadalso de cruces dispuestas a ejecutar una buena recua de disidentes.

Afortunadamente, cuando el estruendo enmudece, las manifestaciones de lo extraordinario afloran como una sutil emanación, como una líquida surgencia. Así se manifiesta la más valiosa materia prima que esconde nuestra tierra: la inteligencia.

“Sería un soñador de sueños seculares y gracias a su experiencia desmesurada, un oráculo de pronósticos incomparables. Porque habría vivido la vida del individuo, de la familia, de las tribus, de los pueblos un número considerable de veces y conocería —como un sentimiento viviente— el ritmo del devenir, de la expansión y de la decadencia”.

Si Carl-Gustav Jung levantara la cabeza, abrazaría con pasión la ferviente tarea de salvar la memoria de lo que fuimos para mantener con vida a ese pobre “soñador de sueños seculares”. Y esa industria, esa peculiar forma de minería solo es posible en aldeas pequeñas, ancianas, achacosas, orgullosas, como Terque. Pero como no tenemos a Carl-Gustav con nosotros para hacer posible cuatro milagros en uno, allí están Alejandro y sus contumaces co-laboradores para mantener viva la esperanza en cada sala y cada rincón de sus museos.

“No puedo sino llenarme del más profundo asombro y de la mayor veneración cuando me mantengo en silencio ante los abismos y las alturas de la naturaleza psíquica, mundo sin espacio que oculta una abundancia inconmensurable de imágenes amontonadas y condensadas orgánicamente durante los millones de años que hace que dura la evolución viviente. [...] Y estas imágenes no son sombras laxas, son condiciones psíquicas cuya acción es poderosa, que desconocemos, pero a las que no podemos privar de su potencia por mucho que las neguemos”.

Bendito vacío.


miércoles, 21 de julio de 2021

LECCIONES DEL PASADO

 

Fotografía del autor

Las calles de hoy no son en blanco y negro. Aunque, en el fondo, nada ha cambiado.

Al igual que antaño, el frío es azul, y conserva fielmente la memoria del tránsito inmaterial de los silencios. Por contra, el calor es rojo. Rojo hasta fundir la pasión de detener el tiempo en la palma de la mano.

Los viejos daguerrotipos esconden el silencio y la pasión, esconden los colores que ciertamente estimulaban aquellas retinas, de la misma manera que hoy inundan nuestra percepción de matices que van desde lo sublime a lo execrable.

Al igual que antaño, de cuando en cuando, la soberbia se nos encoje al ver las calamidades que todavía somos incapaces de evitar. Aunque, en la forma, todo ha cambiado. Y en lugar de afrontar lo más trascendental al abrigo de una comunidad íntima, tenemos un amplio menú de atenciones a la carta, previo desembolso de una cantidad estipulada.

Desde esas calles en blanco y negro, no cabe duda, se escuchan remotamente sumarísimas lecciones.

Pero el signo de nuestro tiempo es vivir persiguiendo lo inalcanzable, para llegar finalmente exhaustos al mismo lugar al que arribaban nuestros antepasados, dejando derramados por el camino todos los matices que nos había regalado la vida.

Nadie parece escuchar lo que fue o, tal vez, sí.

De cuando en cuando, alguien se detiene y respira hondo. Mira a su alrededor y comprende que, precisamente porque nada importante ha cambiado, hay que proclamar cada historia a los cuatro vientos, insistentemente. Y descubre, perplejo, que algún día él mismo será ese antepasado atrapado por un daguerrotipo que otros observarán desde la paradoja de un hoy reconstituido.

De cuando en cuando alguien, como Ángel, escucha los colores que se escondían detrás de la imagen de aquella fotografía. Y a veces consigue que algo de lo que fue importante en algún momento de sus exiguas vidas pueda ser atrapado por la fría memoria de un azul cielo. Que algo de lo que fue apasionante en algún momento de sus frágiles vidas pueda verse de nuevo dibujado en el calor de nuestras miradas.

Las calles de hoy, negro sobre blanco, discurren a lo largo de este diario líquido sin vocación ejemplarizante. Porque, en el fondo, nada ha cambiado. Y, sin embargo, todo depende de los ojos que lo miren, aunque pasen treinta años.