sábado, 1 de enero de 2022

ÉRASE UNA VEZ

 

Fotografía del autor

Hoy me gustaría ver el nuevo amanecer desde la perspectiva taoísta de un Bloque Intacto, de una colosal roca dispuesta a ser moldeada. Para ello, la línea que separa el ayer del hoy deberá ser nítida; no una convención o un número, sino el ciclo natural que queda claramente definido por la sucesión del día y de la noche, del ruido y del silencio.

Aunque para moldear desde la serenidad, para sortear discretamente la ansiedad de la “hoja en blanco” es mejor acometer la tarea con el ardiente espíritu desposeído de expectativas de un niño. Con las manos en la masa, disfrutando del impulso creativo y sin pensar en el resultado la experiencia se concentra en el hecho de moldear y nada más, de notar una materia dúctil como promesa de algo, es decir como un “no ser” que ampara todo un universo abierto de posibilidades.

Pero lo cierto es que ya no somos niños y nuestras manos son guiadas por el aliento de todo un vendaval de recuerdos que dan forma al Bloque sin ser muy conscientes de ello. Lo que nos coloca exactamente en este punto incómodo e infecundo, atrapados entre lo que fuimos y lo que hemos de ser.

Bienaventurados, pues, los extraviados en la inmensidad del presente, sin el menor temor a fiar la suerte del momento a algún tipo de ritual que les devuelva el niño que escondemos dentro, detrás de capas y capas de ser, de haber sido. Bienaventurados los buscadores de recuerdos imprecisos, desde la precisión de un artefacto que les conecte definitivamente al intérprete inmaduro y sutil, a la memoria del primer descubrimiento. Bienaventurados los poseedores del mapa de todos los más íntimos despertares, pues con cada uno de ellos hallarán un marcador precioso, como una aguja clavada en el corazón de ese instante previo al suceso, que han de recobrar con la melodía exacta. Siempre esa melodía evocadora. Porque no hay mayor tesoro.

Y de este modo, encarar de nuevo el amanecer invocando la solemnidad de un relato fascinante y revelador, con un “érase una vez”, para rescatar ese yo que fuimos justo antes de ser yo.



martes, 21 de diciembre de 2021

RENACER

 

Fotografía del autor

Puede suceder cualquier mañana. No, la luz todavía no será una promesa rotunda, si bien unas y otros irán dibujando ya sobre las sábanas perfiles imprecisos para nacer de nuevo el mundo.

Un mundo conocido, eso sí. Porque ya es sabido que para despertar el mundo es necesario recuperar la copia exacta que quedó almacenada en nuestra memoria justo la noche anterior.

Entre órdenes confusas, cuerpos y mentes tratarán de recuperar el don de replicar todas aquellas rutinas necesarias para comenzar a otorgar sentido a la vida. En general, los cuerpos avanzarán en estas tareas algo más rápido que las mentes. Porque los cuerpos son esa parte del yo que ejecuta sin cuestionar. Y las mentes volverán a preguntarse el porqué de las cosas desde una cierta ebriedad onírica. Porque las mentes son esa parte del yo que cuestiona sin ejecutar.

Pero realmente puede suceder sin previo aviso que ella o él, cansados de observar obediencia al recurrente ritual, despierten sencillamente a la posibilidad de una nueva vida. Renazcan.

En tal caso, desde el claroscuro del amanecer -nunca antes ni más tarde- irán dibujando los nuevos perfiles de un mundo en construcción, desde una memoria tierna e inconsistente en la que vendrán a ingresar los aromas por primera vez, un rostro vagamente familiar o las evocadoras sonoridades de las paredes de una estancia. De alguna manera sus cuerpos, cansados de ejecutar sin objeciones su desempeño de tareas conocidas, irán afinando una nueva capacidad para cuestionar los límites de lo desconocido. Mientras sus mentes, cansadas de sufrir alteraciones cabalísticas sin fundamento, comenzarán a ejecutar firmemente sus deseos al calor de una voraz apetencia.

Es cierto que seguirán sin saber de dónde venimos o a dónde vamos. Porque probablemente eso no sea útil para desenvolverse satisfactoriamente en el desempeño de su objetivo vital. Pero lo que es indudable es que cada vez que decidan nacer o renacer, ingresarán en el umbral de un nuevo yo deconstruido, de una conciencia impropia que todavía pertenecerá íntimamente a cada rincón que la sustenta, que solo se construirá y se fundamentará a sí misma con cada descubrimiento nuevo, con cada despertar.

Y dejarán de dudar cada mañana si merece la pena levantarse.


sábado, 11 de diciembre de 2021

DÍAS LÍQUIDOS

 

Fotografía del autor

Es curioso cómo ha calado la percepción de que las estructuras sociales que nos sustentaban se están descomponiendo, cuando, en realidad, las únicas estructuras que se desvanecen son las del apoyo mutuo y las de la memoria. Porque lo cierto es que la jerarquía sobrevive y goza de muy buena salud. De ese modo, y empleando la nomenclatura de Zygmunt Bauman, la liquidez de la modernidad solo se manifestaría en determinadas estructuras, mientras que otras se han conservado con una renovada solidez.

No me sorprende. Todo ello entra en la lógica del mercado. Es mucho más rentable desposeer al individuo de su red de socialización para que deje de ser un ciudadano con derechos y pase a ser un cliente con necesidades, abducido por la absurda fascinación de lo nuevo. El mercado segmenta. El mercado individualiza hasta diseccionar cada parte del consumidor y convertirlo en el blanco de su más poderosa arma de deshumanización masiva: la publicidad. Somos piel atópica que necesita tratamientos dermatológicos, somos corazones desconsolados que necesitan aplicaciones para buscar un nuevo amor, somos insomnes que requieren de una dosis diaria de melatonina, somos propietarios en guerra contra todos, que necesitamos alarmas para mantener nuestras posesiones a salvo, somos en definitiva hijos bastardos a los que la justicia mira con desprecio y el mercado con codicia. Somos recursos humanos. Y esta es una sociedad centrada en la explotación de todo tipo de recursos, sin importar su agotamiento definitivo, bajo el imperativo de una obsolescencia programática. Incluso el lenguaje es un recurso que se agota. Sobran los ejemplos.

Mal futuro le espera a la cultura con estas premisas. Era una hermosa herramienta, pero ha caducado. La interpretación crítica de la realidad en manos de cualquiera capaz de blandir una pluma, un pincel, un libro o una guitarra no encuentra un nicho en este mercado. Sí, era capaz de relacionar a seres, incluso más allá del tiempo y el espacio; pero, lamentablemente, ha acabado instalándose en un obstinado lucro cesante. ¿Quién va a ser tan estúpido como para invertir un solo céntimo, un solo segundo en una fiesta sin asistentes?

Y en eso estamos, dudando entre la urgencia de lo importante y la importancia de lo urgente. Algo confusos, es normal. Sin comprender que el orden natural no contempla la posibilidad de separar a los hijos entre legítimos o ilegítimos. Sin asumir que la melodía que brota de una orquesta no distingue entre la nobleza de los violines y la plebe de las trompas. Sobre una vieja barca que a duras penas flota sobre esta maldita modernidad líquida que acabará haciéndola zozobrar.

Hasta que sales por la puerta en una fría mañana de diciembre y caminas envuelto por la liturgia de las conversaciones en la tienda de Sagrario. Buenos días... Buenos días… Hace frío esta mañana… Pues sí, pero es lo que toca…

Tal vez no sea moderno. Tal vez no sea líquido. Tal vez no estemos tan mal en este rincón despoblado de precipitación. ¿Y qué podemos perder por intentarlo?


miércoles, 1 de diciembre de 2021

PEQUEÑOS RITOS

Fotografía: Jessica Martínez

No éramos los mismos cuando todo esto comenzó. El silencio repentino de las calles nos cogió por sorpresa. Lo observábamos como un fenómeno ajeno, como una atracción turística, sin comprender lo que iba a significar. Pero la vida seguiría igual cuando la crisis se hubiera superado. Volveríamos a salir, a viajar, a comprar, a abrazar, a besar, a recibir visitas, a comer juntos. Y nuestros problemas serían los de siempre, los conocidos y previsibles asuntos domésticos de toda la vida.

Sin embargo, no ha sido así. Hemos vuelto a salir, a viajar, a comprar, a abrazar… pero no es igual. La crisis se retroalimenta cada día, cada semana, de modo que parece que nunca vamos a salir de ella. Y para colmo, las perturbaciones que han generado los estados de alarma han provocado un deterioro grave en la cadena de suministros mundial. Es lo que pasa cuando sujetas un planeta entero con largas cadenas de suministro que le dan vueltas y vueltas hasta ahogarlo.

Es cierto que hay mucha gente que ha decidido vivir con normalidad a pesar de todo. Es una respuesta lógica ante la presión continuada, ante la sensación de que esto no se va a acabar nunca. Pero hay mucha gente que ha perdido la alegría de vivir, que tiene miedo a exponerse manteniendo contacto social, que se refugia en casa, que no sabe por qué, pero se sienten culpables. Es otra respuesta lógica ante la situación.

Pero entre ambos grupos se va abriendo un abismo. Y, sobre todo, en el segundo, la resistencia psicológica se va resquebrajando. El problema es que su sufrimiento no se manifiesta hasta que es tarde, y normalmente no hay vuelta atrás, el camino de regreso queda abrasado.

Ahora el silencio es otro. Las calles parecen vivas, el mundo gira, con cadenas o sin ellas. Pero los perdedores guardan silencio en un hacendoso ir y venir intramuros que esconde el pesar en frascos pequeños y frágiles. Demasiado expuestos a fracturarse ante la próxima tormenta de pánico social o la próxima crisis familiar.

Yo siempre me he sentido perdedor. Y no tengo que elegir bando, sé dónde estoy. Pero ¿por qué no vamos a seguir luchando?

Es cierto que nos han despojado de las armas más contundentes. Nos queda poca energía. Somos vulnerables e inestables. ¿Y qué? Vamos a agarrarnos a lo que sea para seguir a flote.

Es cierto que parece que seamos la excepción, que todo el mundo haya superado la congoja, que saben lo que hacen, mientras nosotros no sabemos qué hacer. Pero es un espejismo.

En cualquier caso, escuchadme bien, a partir de mañana, sin más demora, vamos a ponernos deberes. Nada que no pueda ejecutarse con sencillez, con un discreto placer que se repita todos los días, a la misma hora. El placer de un café con la música de tu emisora favorita, el placer de encender el fuego de la estufa, el placer de cepillar al gato mientras ronronea, el placer de leer esa novela que has sacado de la biblioteca, el placer de llamar a una amiga que hace tiempo que no dice nada, el placer de abonar las plantas del balcón… Como pequeños ritos necesarios, cargados de un sentido profundo, de un ascetismo terapéutico que nada ni nadie puede cuestionar: ahora son lo más importante. Repetido una y otra vez. Y compartido con quien merezca nuestra compañía. Para coser fuertemente el alma de cada momento a nuestra alma descosida. Nada más, y nada menos.


 

domingo, 21 de noviembre de 2021

CUADERNOS


Fotografía del autor

Cuando era niño, una de mis obsesiones más recurrentes era definir el estilo de mi escritura caligráfica. Evidentemente, sin ordenadores, este era uno de tus rasgos de identidad más característicos. Quizá por eso era inevitable sentirse algo intimidado por quienes demostraban ya una personalidad fuerte en este aspecto.
Algunos de nuestros profesores entendían que para construir el conocimiento no había nada mejor que pasar una hora de clase copiando mecánicamente los apuntes que nos dictaban con manifiesta desgana. A buen seguro, no se habían molestado ni siquiera en revisarlos de un año para otro, y eran los mismos apuntes que habían copiado con la misma desgana varias generaciones que nos habían precedido. Lo cierto es que era un ejercicio formidable para ir deformando ese estilo caligráfico que tan pudorosamente habíamos consolidado en nuestra tierna infancia. El resultado era terrible, porque la precipitación de seguir al dictado convertía nuestra letra en un abominable engendro en el que era imposible reconocerte.
Así se iba definiendo nuestra personalidad, y de ello dan fe los cuadernos desvencijados que quedaron guardados en algún cajón de casa. Tenían un valor incuestionable, porque habían significado muchas horas de trabajo. El problema era que si continuabas tu escolarización durante los años de universidad, el volumen de ese archivo personal crecía sin medida hasta acabar ocupando decenas de armarios.
Llegó un momento en que comprendí que si necesitaba buscar una información concreta, iba a ser mucho más fácil hacerlo en internet que en mis viejos apuntes. Así que decidí hacer una extensa purga que sometiera a toda aquella montaña de papeles a un criterio de selección estrictamente emocional. Algo parecido ocurrió con mi costumbre de guardar recortes de artículos y noticias en prensa de papel. El filtro emocional acabó reduciendo todos aquellos documentos a una pequeña muestra que guardaba la esencia de algunos de los recuerdos más vívidos de mi pasado.
Ahora reviso de tanto en tanto revistas, periódicos, apuntes, trabajos que con su tacto ajado y con su aroma orgánico capturan sin vacilaciones la intimidad de un yo que siempre recordaré con ternura. Estamos irremediablemente ligados a la interpretación que hacemos de los objetos. Construimos lo mejor de nuestra experiencia con el roce, las fragancias, las melodías y el cariño.
Sin ir más lejos, en estos momentos en que escribo, suena el Agnus Dei de Samuel Barber. Huele a pan recién hecho, en casa, con todo el cariño. Y yace sobre la mesa el ejemplar de prueba para correcciones de una revista que pretende nacer al mundo. Es un papel nuevo, algo insolente, que ambiciona envejecer apartado de las tribulaciones del devenir, para conservar nuestros efímeros tesoros. 
Cuadernos y más cuadernos...

jueves, 11 de noviembre de 2021

UN BON JOUR

 


A veces se hace difícil escribir. Parece que el torrente se ha agotado. Y ni siquiera consultando a los habituales oráculos aparece la inspiración.

Los problemas del mundo no caben en tan pocas palabras. Las despedidas definitivas encogen la voz. Qué puedo decir... Es inevitable sentir una severa intoxicación de impotencia.

El problema es que hay un buen número de amigos y de amigas a los que envío estas reflexiones tres veces al mes. Es una manera de decirles que sigo aquí, que no desfallezco, que me acuerdo de ellos. Porque guardar silencio, salir de la sala y apagar la luz no deja otra alternativa que la entrega de las armas.

No, no voy a entregar la pluma al enemigo. No importa que espere sus voces desde hace tiempo; leen lo que escribo para ellos y, a veces, incluso me envían algún comentario lleno de empatía, con cariño, con algo de melancolía también.

Están ahí, lo sé. Y, sin embargo, eso me hace especialmente vulnerable en un momento en que alguien que formaba parte de mi vida ya no está, se acaba de marchar, uno más... Es entonces cuando comprendes que el silencio prolongado va debilitando el hilo que nos une, va desvaneciendo la sensación de cercanía. Hasta borrar la posibilidad de un nosotros.

Puede que esto acabe pareciendo una brevísima oda a las oportunidades perdidas. No era mi intención. Tan solo pretendía detener el curso implacable del olvido. Porque hay pérdidas irreparables, sí. Pero noviembre es un mes amarrado fuertemente a la memoria y, aunque no pueda prometer la vida eterna, puedo prometer honrar el recuerdo de quienes se han marchado. Y puedo también, por qué no, seguir enviando a vuestro buzón de vez en cuando un saludo, o como diría un buen valón, un bon jour.


lunes, 1 de noviembre de 2021

COMPLICARSE LA VIDA

 

Foto Pilar Barrachina

Seducir al ser amado es complicarse la vida.

Creer en alguien por primera vez es complicarse la vida.

Sentarse junto al solitario sin perturbar su silencio es complicarse la vida.

Manejar palabras sin censura es complicarse la vida.

Ansiar conocimiento es complicarse la vida.

Reconocerse limitado es complicarse la vida.

No creer en Dios es complicarse la vida.

Amanecer un nuevo día es complicarse la vida.

Abrir la primera página de un nuevo libro es complicarse la vida.

Marcharse a vivir a un pueblo es complicarse la vida.

Mantener contacto con los viejos amigos es complicarse la vida.

Sentir el dolor de los demás es complicarse la vida.

Decir no es complicarse la vida.

Defender la vida, toda manifestación de vida, es complicarse la vida.

Ayunar es complicarse la vida.

Ser dueño de tus silencios es complicarse la vida.

Amar sin esperar ser amado es complicarse la vida.

Definirse diferente es complicarse la vida.

Comprometerse es complicarse la vida.

Reconocer los errores es complicarse la vida.

Dejarlo todo y volver a comenzar es complicarse la vida.

Perseguir un sueño es complicarse la vida.

Afrontar temores y fobias es complicarse la vida.

Abrir las puertas de tu casa es complicarse la vida.

Tener criterio propio es complicarse la vida.

Denunciar a los sometedores y a los saqueadores es complicarse la vida.

Hacerse mayor es complicarse la vida.

Cuidar de un planeta enfermo es complicarse la vida.

Subir al Kilimanjaro con muletas es complicarse la vida.

En fin, ir contra corriente es complicarse bastante la vida.

No conozco a ninguna madre, a ningún padre que deseen para sus hijos una vida llena de complicaciones. Bien al contrario. Estamos obsesionados con la seguridad, el confort, el éxito de nuestros descendientes. Y, en el fondo, secretamente, deseamos descansar en el futuro nuestros macilentos huesos en esa estabilidad y esa opulencia, sin importarnos las posibles contraindicaciones. Pero lo cierto es que no complicarse la vida en absoluto nos debilita de manera irremediable, nos convierte en seres abyectos, innobles, anodinos, tristes, prescindibles, peligrosos.

Si de verdad queremos buscar la belleza, honrar lo estimable, cultivar un futuro mejor o, sencillamente, dignificar cada minuto de cada día, no hay otro camino. Y para ello necesitamos madres y padres valientes. Que tengan la generosidad de criar vástagos con el arrojo suficiente para querer complicarse la vida, sin miedo a ser diferentes. Con la única misión de lograr vivir intensamente. Aunque todo ello no sea nada fácil.